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sep082013

Banda Sonora de Buenos Aires






E
l otro día llegue a la conclusión de que en Buenos Aires se puede hacer un viaje con una banda sonora a tu lado y no la banda sonora que puedo llevar en mi radio o en mis auriculares…me explico.

Ya era hora de ir a casa, serian como las 12 del medio día y me disponía a tomar uno de los colectivos cercanos a Plaza de Mayo que me acercan a casa. En principio todo era igual, se me de memoria el recorrido que hace y por cada punto que para a recoger y bajar gente pero en una de las primeras paradas subió una persona joven de apariencia bohemia cargada con una gran funda negra pesada y se le veía que aunque la incomodidad, la portaba con gusto. Hablo a la gente algo que no pude escuchar y se puso casi al frente de mi en un huequito y saco una sillita plegable y abrió la bolsa. En el portaba un Bandoleón instrumento muy argentino asociado al tango y la milonga.

En ese momento deje todo lo que estaba haciendo, cerré mi libro y me puse a mirar por la ventana sintiendo el cambio que la ciudad generaba cuando suena de fondo un bandoleón triste y bucólico




El músico sentía cada nota del instrumento, no le importaba la incomodidad del sitio ni quien entraba y quien salía, se dedicaba a tocar canciones típicas porteñas, a hundir con sentimiento cada botón de galatita abriendo y cerrando el fuelle para darnos un pequeño concierto al ritmo que el viaje se transformaba.

Empieza el camino por Avenida de Mayo llamada avenida cuando quiso ser bulevar parisino o quizá madrileño por su semejanza tanto en su trazado como en las fachadas que decoran esta médula porteña. Es en este punto la imagen me trasporta los libros de historia que he leído de hace 40 o 50 años atrás, aunque fácilmente pueden ser 60 en el que la avenida era el centro de las relaciones porteñas tanto sociales como políticas ya que desde esta zona se han derrocado gobiernos y algún gobierno ha derrocado pueblos también.

Justo a mi derecha veo por la ventana el mítico Café Tortoni, lugar fundado también por un inmigrante, esta vez francés o eso dicen algunas lenguas, con su fachada inconfundible y su aroma intelectual que con el fondo de la música me hace parecer ver como entran agazapados en su ropa para no ser reconocidos Gardel, Storni y Quinquela.


El Obelisco se sitúa a la derecha en la siguiente parada, vigilada por la gran efigie de Evita, esta construcción realizada bajo los estrictos parámetros masónicos guarda muchas curiosidades, como la de la caja de hierro fundido que se sitúa en la parte superior y que cuentan que dicen que hay una carta dedicada a aquellos que quieran derribar el obelisco. Estoy seguro que conociendo la naturaleza humana habrá quien quiera derruir esta obra por la simple curiosidad de saber qué es lo que guarda dicha caja. O quizá lo que el jefe de maquinistas que fue quien levanto esta obra se quería referir con su carta en modo metafórico a quien quiera derrumbar este país…



Cuando la música para, me encuentro en la plaza del Congreso lugar de leyes y normas y curiosamente casa de los mayores robos y desfalcos a este país hace tiempo delante del Edificio principal había una estatua dedicada al perdón, quizá con el tiempo vieron que era más fácil cambiar de sitio al monumento que absolver de los pecados a los políticos.




La música hace transformar cada rincón de esta ciudad, la vuelve mágica y hace que se muestren imágenes pasadas que quedan ajenas a la memoria de muchos, la música nos da esa sorpresa de invocar los viejos artistas que bien en la calle o bien en los más prestigiosos cabarets endulzan nuestros oídos a cada momento.

Alguien rezó una vez que “La arquitectura es una música de piedras y la música, una arquitectura de sonidos”